
(Parte II de Ellos y yo)
“(…) Todos los temores olvidados
están ahí otra vez. (…)”
Se piensa que al llegar a cierta edad se será una persona grande, dura, invencible. Al menos así pensaba, cuando era niña, decía que algún día sería grande y nada me iba a vencer, nada irrumpiría en mí ni heriría mi fragilidad (que ya no sería tal porque sería “dura”). Que bueno soñar que mis temores y miedos iban a desaparecer un día…o tal vez yo misma acabaría con su existencia, tal vez los enfrentaría y los fulminaría con mi grandeza.
Error. Si, la calculadora de mi mente dio error. ¿Por qué? Muy simple. Estos temores son los verdaderos invencibles. ¿Cómo? ¿No eras tú la invencible, la que sería dura y a la que nada afectaría? No, no y no. Se me olvidaba decirte , que tenías razón. A los temores nadie los fulmina, nadie acaba con ellos; ellos, tan intangibles e inaprensibles, ellos no tienen final, ni siquiera tienen forma. Sólo tienen su raíz en nosotros, su semilla. Están hechos de la “nada” y siendo la “nada”, son en nosotros. La “nada” es su incorporeidad. Son pero no son. Están pero no están. Se sienten pero no se ven. Tienen su raíz en nuestro corazón, nuestro corazón que es el nido de sus emociones. Cuando ellos logran que alguna de sus sensaciones sacuda a nuestro nido, se aprovechan y corren, se extienden cual un gas hasta tomar todo el espacio que puedan, todo lo que puedan. ¿Sabes a dónde desean ir? Su centro, su morada más anhelada es la mente. Desde allí lograrían un control total. Imagina . ¿Sabes qué es la mente? La mente lo es todo. Es poder. El poder de la mente todo lo puede. Así podrían reinar sobre nosotros. Y así sucede.
Uno llega a cierta edad creyendo ser inconmovible ya que uno ya “venció” a sus temores. Los enfrentó y los fulminó. Están muertos. Un día, estás aterrada en una esquina con tu trago, alcohólica y evasiva intentando escapar…te quieres ir, no quieres seguir con ellos, no aceptas tu derrota. Prefieres dejarte morir que resignarte a vivir loca, paranoica por culpa de ellos. Rechazas el tener que vivir con ellos. Los echas. Se acabó, se dice fácil , pero introduce hacia el peor de ellos, el insondable misterio del inframundo.
¿De veras quieres conocerme? Gracias te dice seductoramente, ven y verás lo bien que estaremos aquí, lo bien que te caerá ser una sombra, vamos, aquí sí nos sabemos divertir. Sombras. Las sombras que tiñen de terror mis noches impidiéndome dormir, a veces también mis días. Sombras, ¿acaso quiero ser una de ellas? ¿Será que con mi sufrimiento estoy preparándome para ser una de ellas? Están iniciándome creo. Dime tú ¿Qué crees? , ¿Qué eres? Eres una sombra. Todo es una excusa para llegar hasta allá. Ya lo creo. Nos crearon para ser sombras. Para hundirnos tanto en ellos que al morir seamos de su propiedad y estemos a su servicio. Luego seremos reyes, mandaremos sobre alguien y cuando se crea libre de nosotros lo desalentaremos haciendo un sombrío regreso a su nido, a su pequeño corazón engañado por ínfulas de “grandiosidad humana”. Esos humanos, siempre se creen superiores e invencibles. Pero si nosotros los tomamos se desmoronan rápidamente, comienzan a temblar por causa nuestra, mueren por obra nuestra, se dan cuenta de nuestra ineludible existencia.
¿Será cierto que todo eso es el objetivo de ellos? Nuestro objetivo también. No puede ser, no debe ser. Más bien creo que me están enseñando algo, ellos me guían hacia un camino cuya meta, por más que avanzo, no logro vislumbrar. Me enseñan que soy endeble y maleable, tal vez reciclable, prescindible e inservible. Que no soy lo que creo ser. Me pegan adentro, muy dentro y me dicen: “olvídalo, no eres dura, olvídalo, siempre estaremos, somos tus compañeros, no nos vencerás; aprende a vivir con nosotros.”
Aprender a vivir con ellos. Suelto mi infaltable trago (hasta ese entonces necesario y obligatorio) y decido que no deseo explorar el mundo de las sombras. No me quiero ir, no quiero ni debo ser otra de ellos. Ellos son míos, y a través de ellos aprendo a ver mejor, a vivir mejor. Son una parte de mí, la parte que nos recuerda que el hombre no es Dios, que el error (que tal vez sea el verdadero pecado original) viene inmerso en todo nuestro ser y que somos defectuosos por naturaleza.
Ahora te contaré, por qué los saco a relucir(a mis temores). Es por el amor. ¿Y qué hay de ellos en torno al fatídico y tortuoso amor? Nos dices, al recordar un amor lo siguiente: “(…) No quiero olvidar nunca cómo era cuando me mirabas. Cómo sostenías tu mirar como algo no atado, sosteniéndolo con el rostro echado hacia atrás. (…)”. También hablas sobre el amor correspondido en tu versión de la parábola del hijo pródigo (que para tí se fue porque no soportaba ser amado): “(…), el horror más grande era haber sido correspondido. ¿Qué eran todas las tinieblas desde entonces, en comparación con la tristeza espesa de aquellos abrazos en que todo se perdía? ¿No despertaba uno con la sensación de no tener futuro? ¿No daba uno vueltas por ahí, sin sentido y sin tener derecho a ningún peligro? ¿No había tenido uno que prometer cien veces no morir? Quizás era la terquedad de este mal recuerdo que, entre retorno y retorno, quería conservar un lugar, lo que hacía que su vida siguiera entre los desechos. Finalmente lo volvieron a encontrar. Y sólo entonces, sólo en los años de pastoreo, se calmó su mucho pasado. (…)”
Te hablaré de lo que yo viví con ellos y el amor. Por obra del amor, de la increíble maravilla de ser correspondida fue que ellos aprovecharon y volvieron. Me hicieron descubrir que en su invisibilidad radica su inmortalidad. Que por ser incorpóreos se esconden, nunca se fueron de mí realmente, a pesar de que yo lo jurase. Me enamoré y caí en una trampa. Creyendo ser correspondida me entregué a ese ser, no fue una entrega lujuriosa ni carnal fue más bien una entrega espiritual. Le dí todo lo que fui y lo que era, hasta pensaba entregarle todo lo llegaría a ser un día. Él me miraba y mi mundo era él. Lo era todo. Tanto me entregué que cuando él se desaparecía, lo pensaba hasta que regresaba. Y sufrí . Estaba viviendo mi ilusión, el mundo se detenía a su lado. Nada ni nadie podría separarme de él. Mi chico tan bello, muy bello, inteligente, interesante, culto. Era verdadero, sí, ¡existía! Y era mío, aunque desapareciera unos días era mío. Y ahí estaban ellos, ansiosos, opacando mis breves instantes de felicidad, los momentos de tortuoso sufrimiento que yo llamé amor.
Y cuando él me miraba, ellos se alborotaban en mí. Empezaban a desaparecer la felicidad, a alejarme de él. Él, el niño tan lindo, inolvidable, que vino a darse cuenta de mí (sabe Dios por obra de qué o quién) y le hizo compañía a mi solitaria existencia (para bien o para mal, no lo sé). Nunca olvidaré esos ojos que me miraban decantando un gran amor y fascinación como jamás pensé recibiría de hombre alguno, y menos aún del chico lindo. Jamás, me entiendes , porque tú tampoco olvidaste los de tu amor.
Y ellos se interpusieron. Es cierto el hijo pródigo tenía razón, ser correspondido es lo peor que puede ocurrirle a uno en la vida. Esos abrazos que nos dimos, tan feliz que era yo, chico, en los abrazos que nos dábamos, mi mente se ponía en blanco…Sólo imaginaba que te amaba. Pero la realidad llegó, se puso frente a mí, ya no era lo mismo, nada sería lo mismo. Cuando te ibas y volvías todo cambiaba, ahora tus abrazos eran lo más temido porque llenaban mi mente de dudas, muchas dudas. ¿Será que nunca aprendí a corresponderte como tú lo merecías, como tú lo esperabas? ¿Será que tú estabas aterrorizado y no querías entregarte a mi fervoroso amor? Ellos sembraban esas dudas en mi pobre nido, el cuál se iba pudriendo por todo el dolor que sentía, el que anhelaba que todo fuera una pesadilla de la que despertaría y todo sería como antes. Y cada vez mis dudas crecían más y más, y mi corazón se encogía más y más por el dolor causado; ellos alentaban mi pesar y estaban extasiados por causa de mi desdicha.
Y yo creí que mi fin estaba muy cerca. No puedo contra ellos, pensé. Me hundí en mi adicción y estaba tan triste que ya no podía pensar en nada, ni siquiera en ti, chico. Adiós vida para qué te quiero si él no esta aquí y si ni siquiera contra ellos pude. Él, mi chico, él era mi razón y ya no está. Me dejó. No quiero ser más. Pero aún así mis días se seguían escurriendo lentamente, gota a gota, así cómo se iban escurriendo mi corazón se iba recuperando, eventualmente volvería a latir por otro “dulce” amor. Pero eso no era posible porque mi pequeño corazón, mi nidito, no podía latir, porque de vez en cuando ellos le hacían recordar la vivencia que tuvo con el chico. Lo convencieron de que no volviera a latir por nadie, que no valía la pena, que amar era malo porque nunca se recibe lo que se quiere. Siempre algo sale mal en el amor. Supe que me engañaban, así como supe también que no debía ni quería irme. Descubrí que ellos son parte de mi, así como tú lo descubriste. Y aprendí poco a poco, lágrima a lágrima, a quitarme mi tristeza y a aprender a ver. Aprender a ver por medio de lo triste, de lo oscuro, del dolor; a hacer alma con lo más bajo, aprender a vivir con ellos y saber que lo oscuro no es otra cosa que vivencias para mi alma y mi corazón. Vivencias que me harán una mujer fuerte y me enseñarán a no dejarme vencer por ellos y las adversidades. Aprender que no sólo yo soy prescindible, sino que también “chico” es prescindible.
“(…) Todos los temores olvidados
están ahí otra vez. (…)”
Se piensa que al llegar a cierta edad se será una persona grande, dura, invencible. Al menos así pensaba, cuando era niña, decía que algún día sería grande y nada me iba a vencer, nada irrumpiría en mí ni heriría mi fragilidad (que ya no sería tal porque sería “dura”). Que bueno soñar que mis temores y miedos iban a desaparecer un día…o tal vez yo misma acabaría con su existencia, tal vez los enfrentaría y los fulminaría con mi grandeza.
Error. Si, la calculadora de mi mente dio error. ¿Por qué? Muy simple. Estos temores son los verdaderos invencibles. ¿Cómo? ¿No eras tú la invencible, la que sería dura y a la que nada afectaría? No, no y no. Se me olvidaba decirte , que tenías razón. A los temores nadie los fulmina, nadie acaba con ellos; ellos, tan intangibles e inaprensibles, ellos no tienen final, ni siquiera tienen forma. Sólo tienen su raíz en nosotros, su semilla. Están hechos de la “nada” y siendo la “nada”, son en nosotros. La “nada” es su incorporeidad. Son pero no son. Están pero no están. Se sienten pero no se ven. Tienen su raíz en nuestro corazón, nuestro corazón que es el nido de sus emociones. Cuando ellos logran que alguna de sus sensaciones sacuda a nuestro nido, se aprovechan y corren, se extienden cual un gas hasta tomar todo el espacio que puedan, todo lo que puedan. ¿Sabes a dónde desean ir? Su centro, su morada más anhelada es la mente. Desde allí lograrían un control total. Imagina . ¿Sabes qué es la mente? La mente lo es todo. Es poder. El poder de la mente todo lo puede. Así podrían reinar sobre nosotros. Y así sucede.
Uno llega a cierta edad creyendo ser inconmovible ya que uno ya “venció” a sus temores. Los enfrentó y los fulminó. Están muertos. Un día, estás aterrada en una esquina con tu trago, alcohólica y evasiva intentando escapar…te quieres ir, no quieres seguir con ellos, no aceptas tu derrota. Prefieres dejarte morir que resignarte a vivir loca, paranoica por culpa de ellos. Rechazas el tener que vivir con ellos. Los echas. Se acabó, se dice fácil , pero introduce hacia el peor de ellos, el insondable misterio del inframundo.
¿De veras quieres conocerme? Gracias te dice seductoramente, ven y verás lo bien que estaremos aquí, lo bien que te caerá ser una sombra, vamos, aquí sí nos sabemos divertir. Sombras. Las sombras que tiñen de terror mis noches impidiéndome dormir, a veces también mis días. Sombras, ¿acaso quiero ser una de ellas? ¿Será que con mi sufrimiento estoy preparándome para ser una de ellas? Están iniciándome creo. Dime tú ¿Qué crees? , ¿Qué eres? Eres una sombra. Todo es una excusa para llegar hasta allá. Ya lo creo. Nos crearon para ser sombras. Para hundirnos tanto en ellos que al morir seamos de su propiedad y estemos a su servicio. Luego seremos reyes, mandaremos sobre alguien y cuando se crea libre de nosotros lo desalentaremos haciendo un sombrío regreso a su nido, a su pequeño corazón engañado por ínfulas de “grandiosidad humana”. Esos humanos, siempre se creen superiores e invencibles. Pero si nosotros los tomamos se desmoronan rápidamente, comienzan a temblar por causa nuestra, mueren por obra nuestra, se dan cuenta de nuestra ineludible existencia.
¿Será cierto que todo eso es el objetivo de ellos? Nuestro objetivo también. No puede ser, no debe ser. Más bien creo que me están enseñando algo, ellos me guían hacia un camino cuya meta, por más que avanzo, no logro vislumbrar. Me enseñan que soy endeble y maleable, tal vez reciclable, prescindible e inservible. Que no soy lo que creo ser. Me pegan adentro, muy dentro y me dicen: “olvídalo, no eres dura, olvídalo, siempre estaremos, somos tus compañeros, no nos vencerás; aprende a vivir con nosotros.”
Aprender a vivir con ellos. Suelto mi infaltable trago (hasta ese entonces necesario y obligatorio) y decido que no deseo explorar el mundo de las sombras. No me quiero ir, no quiero ni debo ser otra de ellos. Ellos son míos, y a través de ellos aprendo a ver mejor, a vivir mejor. Son una parte de mí, la parte que nos recuerda que el hombre no es Dios, que el error (que tal vez sea el verdadero pecado original) viene inmerso en todo nuestro ser y que somos defectuosos por naturaleza.
Ahora te contaré, por qué los saco a relucir(a mis temores). Es por el amor. ¿Y qué hay de ellos en torno al fatídico y tortuoso amor? Nos dices, al recordar un amor lo siguiente: “(…) No quiero olvidar nunca cómo era cuando me mirabas. Cómo sostenías tu mirar como algo no atado, sosteniéndolo con el rostro echado hacia atrás. (…)”. También hablas sobre el amor correspondido en tu versión de la parábola del hijo pródigo (que para tí se fue porque no soportaba ser amado): “(…), el horror más grande era haber sido correspondido. ¿Qué eran todas las tinieblas desde entonces, en comparación con la tristeza espesa de aquellos abrazos en que todo se perdía? ¿No despertaba uno con la sensación de no tener futuro? ¿No daba uno vueltas por ahí, sin sentido y sin tener derecho a ningún peligro? ¿No había tenido uno que prometer cien veces no morir? Quizás era la terquedad de este mal recuerdo que, entre retorno y retorno, quería conservar un lugar, lo que hacía que su vida siguiera entre los desechos. Finalmente lo volvieron a encontrar. Y sólo entonces, sólo en los años de pastoreo, se calmó su mucho pasado. (…)”
Te hablaré de lo que yo viví con ellos y el amor. Por obra del amor, de la increíble maravilla de ser correspondida fue que ellos aprovecharon y volvieron. Me hicieron descubrir que en su invisibilidad radica su inmortalidad. Que por ser incorpóreos se esconden, nunca se fueron de mí realmente, a pesar de que yo lo jurase. Me enamoré y caí en una trampa. Creyendo ser correspondida me entregué a ese ser, no fue una entrega lujuriosa ni carnal fue más bien una entrega espiritual. Le dí todo lo que fui y lo que era, hasta pensaba entregarle todo lo llegaría a ser un día. Él me miraba y mi mundo era él. Lo era todo. Tanto me entregué que cuando él se desaparecía, lo pensaba hasta que regresaba. Y sufrí . Estaba viviendo mi ilusión, el mundo se detenía a su lado. Nada ni nadie podría separarme de él. Mi chico tan bello, muy bello, inteligente, interesante, culto. Era verdadero, sí, ¡existía! Y era mío, aunque desapareciera unos días era mío. Y ahí estaban ellos, ansiosos, opacando mis breves instantes de felicidad, los momentos de tortuoso sufrimiento que yo llamé amor.
Y cuando él me miraba, ellos se alborotaban en mí. Empezaban a desaparecer la felicidad, a alejarme de él. Él, el niño tan lindo, inolvidable, que vino a darse cuenta de mí (sabe Dios por obra de qué o quién) y le hizo compañía a mi solitaria existencia (para bien o para mal, no lo sé). Nunca olvidaré esos ojos que me miraban decantando un gran amor y fascinación como jamás pensé recibiría de hombre alguno, y menos aún del chico lindo. Jamás, me entiendes , porque tú tampoco olvidaste los de tu amor.
Y ellos se interpusieron. Es cierto el hijo pródigo tenía razón, ser correspondido es lo peor que puede ocurrirle a uno en la vida. Esos abrazos que nos dimos, tan feliz que era yo, chico, en los abrazos que nos dábamos, mi mente se ponía en blanco…Sólo imaginaba que te amaba. Pero la realidad llegó, se puso frente a mí, ya no era lo mismo, nada sería lo mismo. Cuando te ibas y volvías todo cambiaba, ahora tus abrazos eran lo más temido porque llenaban mi mente de dudas, muchas dudas. ¿Será que nunca aprendí a corresponderte como tú lo merecías, como tú lo esperabas? ¿Será que tú estabas aterrorizado y no querías entregarte a mi fervoroso amor? Ellos sembraban esas dudas en mi pobre nido, el cuál se iba pudriendo por todo el dolor que sentía, el que anhelaba que todo fuera una pesadilla de la que despertaría y todo sería como antes. Y cada vez mis dudas crecían más y más, y mi corazón se encogía más y más por el dolor causado; ellos alentaban mi pesar y estaban extasiados por causa de mi desdicha.
Y yo creí que mi fin estaba muy cerca. No puedo contra ellos, pensé. Me hundí en mi adicción y estaba tan triste que ya no podía pensar en nada, ni siquiera en ti, chico. Adiós vida para qué te quiero si él no esta aquí y si ni siquiera contra ellos pude. Él, mi chico, él era mi razón y ya no está. Me dejó. No quiero ser más. Pero aún así mis días se seguían escurriendo lentamente, gota a gota, así cómo se iban escurriendo mi corazón se iba recuperando, eventualmente volvería a latir por otro “dulce” amor. Pero eso no era posible porque mi pequeño corazón, mi nidito, no podía latir, porque de vez en cuando ellos le hacían recordar la vivencia que tuvo con el chico. Lo convencieron de que no volviera a latir por nadie, que no valía la pena, que amar era malo porque nunca se recibe lo que se quiere. Siempre algo sale mal en el amor. Supe que me engañaban, así como supe también que no debía ni quería irme. Descubrí que ellos son parte de mi, así como tú lo descubriste. Y aprendí poco a poco, lágrima a lágrima, a quitarme mi tristeza y a aprender a ver. Aprender a ver por medio de lo triste, de lo oscuro, del dolor; a hacer alma con lo más bajo, aprender a vivir con ellos y saber que lo oscuro no es otra cosa que vivencias para mi alma y mi corazón. Vivencias que me harán una mujer fuerte y me enseñarán a no dejarme vencer por ellos y las adversidades. Aprender que no sólo yo soy prescindible, sino que también “chico” es prescindible.
Imagen: Johnny Depp.(Sí, mi chico era para mi mejor que Johnny)
